jueves, 16 de febrero de 2012

Rafaela y la piedra azul

El sello de zafiro

Sapualpan Veracruz es un pueblo muy poco habitado y poco conocido, para fortuna de sus habitantes todos son amantes de la tranquilidad, la zona es boscosa al pie de una montaña a la cual nadie se atreve a bautizar, solo es la montaña y punto. Contrario a la montaña la laguna cercana es conocida cono “La laguna de la bruja” y nadie se atreve a perderse en el bosque que queda cruzando.

Cuenta la leyenda que el lago está protegido por una bruja azul que se encarga de que quien entra ya no salga, que se trata de un espíritu ancestral que lo cuida de quienes entran con malas intenciones, solo alguien con el alma pura podría entrar y ver las maravillas que hay dentro. En contraste, alguien con el alma corrompida y que busque las riquezas para su propio beneficio no podría regresar.

Pero esa laguna, y ese bosque no siempre estuvo maldito, hace tiempo era habitado por una pequeña colonia de artesanos que preferían vivir separados del pueblo, no eran ermitaños ni antisociales, pero habían logrado ser autónomos y por ello no solían relacionarse mucho con sus vecinos.

Ahí vivía Rafaela con su familia, Su papá era el hombre al que más respetaba la pequeña colonia. “El Buen Don Pepe” era muy respetado por motivos de sobra, por ello “El Buen” era parte esencial como título en su nombre. Además de ser un líder nato y buen administrador, también era un hombre justo y valiente, así como tenía el coraje para sacar a una criatura de una casa en llamas, también se atrevía a mantenerse fuerte cuando perdía a un ser querido. Era por bastante el héroe de la colonia.

Rafaela era una niña alegre que siempre estaba dispuesta a obedecer a su mayores, después de tomar clases en la escuela se dedicaba a hacer los quehaceres de la casa y pequeños encargos que le hacían en la aldea. Siempre la acompañaba su amada perrita a la que llamaba “Lobis”, la perrita era de colores claros y solía aullar con la luna brillando, por ello su nombre.

Al paso de un par de años Rafaela estaba comenzando a crecer más como una señorita que como niña, sus paseos ya no eran como carreras con su mascota, más bien ahora el andar de ambas era como una pincelada por las veredas entre las casas. Ella más centrada dejaba lucir sus vestidos mientras Lobis la acompañaba con porte y carácter, como si le dijera al mundo que ella cuidaba de tal belleza y lo haría con fidelidad y fiereza.

Lamentablemente esa flor no sería vista por muchos de los que la conocieran de cría, tampoco ella los vio siempre mientras crecía. Muchos de los jóvenes apenas más grandes que ella habían emigrado al extranjero, varios ancianos habían muerto en estos años y mucha de la gente con hijos prometedores decidieron mandarlos a estudiar a las ciudades. Era ella una chica solitaria que nunca se preocupó ni daba cuenta que no tenía amigos humanos. Solo Lobis la acompañaba todo el tiempo.

Un atardecer de verano Rafaela se apuraba a llegar a casa, se había distraído con algunos encargos que se le complicaron, al acercarse se percató de enormes camionetas estaban estacionadas afuera de su casa, nunca había visto ella vehículos de ese tipo y su presencia la asustó. Así tímidamente entró a su pequeña casa. En la mesa del comedor se encontró con una de las peores postales que recordaría de su padre, y ese era otro de los motivos por los que los habitantes habían disminuido.

Un empresario muy adinerado estuvo comprando en años recientes varios terrenos y casas en el pueblo cercano, también había promovido la entrada de nuevos servicios así como de empresas y patrocinadores. Habían creado un posible paraíso vacacional alternativo en la zona.

La gente ya no buscaba en ese estado solo los clásicos destinos, había crecido mucho la población de gente que quería alternativas que fueran discretas. Lugares tranquilos y alejados de los centros más poblados, lugares donde se pudieran relajar, lugares como ese pequeño pueblo escondido. Un sitio ideal para hacer negocios… No comunes.

Las autoridades ahí no tendrían fuerza para oponerse a quien lleve los recursos suficientes, menos los pobladores, las propiedades eran muy baratas y la mano de obra podría serlo también, las chicas de la zona eran lindas y alegres, y por si fuera poco la mayoría de los próximos dueños del pueblo eran amigos o familiares de todas las autoridades.

El papá de Rafaela lucía muy exaltado, la discusión con un hombre de negocios que intentaba comprarle su casa estaba tomando altos grados de tensión. Había rechazado varios comunicados por correo que le llegaban con ofertas mediocres e insinuaciones de amenazas, tantas cartas se habían juntado en poco tiempo ocasionó que el remitente fuera a buscarlo en persona.

Iba acompañado de mucha gente, al menos eran media docena y para Rafaela eran bastantes, todos muy mal encarados y arrogantes. Su padre se resistía al discurso prepotente de un negociador tan sutilmente hostil. Las premisas habían sido claras: La aldea entera había sido sentenciada, quienes no vendieran por la suma propuesta, vivirían en constante riesgo.

El Señor que tenía enfrente quería hacer todo un complejo turístico cerca del pueblo que próximamente sería una joya del turismo. Todo estaba listo a excepción de la pequeña mancha que representaría el que antes de iniciar las construcciones ocurriera una tragedia. No quería que un tubo de gas natural que no pasaba por ahí estallara y volara todo, ni que un extraño deslave en época seca causara desabasto en la población, u otra extraña ocurrencia de la naturaleza.

-¡Largo de mi casa! No le voy a permitir que venga a decirme esas cosas, y largo de mi aldea, no lo quiero cerca de la gente de aquí que es buena- El buen José no toleró las insinuaciones del señor Calderas, su presión aumentó y su coraje pudo haberlo enfermado de no ser por su saludable estilo de vida y gran fuerza física.

-Creo que usted no entiende- Dice el Señor Calderas mientras se levanta y da instrucciones de no hacer nada a sus seguidores- Ya todos sus vecinos cedieron esta tarde y mañana estarás solo con tus chamacos, si estas para entonces por acá, nadie podrá venirlos a… Saludar, y eso sería muy triste ¿no?

-Le exijo que se largue- El furioso padre de la pequeña sentenció.

Don José por primera vez se veía temeroso ante algo, él nunca antes se había visto nervioso. Y menos ante un hombre de poca estatura, de gafas y con cara de topo. El señor Calderas salía con sus guardias, pasó a lado de Rafaela y de reojo se despidió, ella quedó paralizada oliendo su perfume con almizcle.

Así los hombres de botas y pantalones rancheros montan sus bestiales vehículos para marcharse escuchando música norteña.

Rafaela recordaría tanto ese aroma como la reprenda que su padre le daría para que fuera a dormir. Esa noche lejos de ahí se desarrollaba una pelea intensa entre seres muy poderosos, a tal grado que temblaba de pronto la tierra ocasionando que ella se levantara de la cama, no es que se despertara por ello, sino que no podía conciliar con el sueño. A esto se sumó el aullido de Lobis que la alarmaba de algo extraño que ocurría afuera.

-¿Qué ocurre pequeña?- Rafaela asomándose por una ventana pregunta a lo lejos a su perrita que ladraba a varias direcciones- ¿Quieres que salga contigo?

La señorita se viste rápidamente con apenas su abrigo sobre el pijama, también lleva sus botas y silenciosamente escapa de su habitación para atender a su amiga. Estando con ella intenta calmarla pero Lobis no lo permite, se zarandea y corre ladrando más fuerte. Rafaela cae en cuenta de lo que ocurre: Gente extraña anda cerca de la colonia y merodea. Decide así la chica el esconderse detrás de unas hierbas para observar sigilosamente.

Muy poco tiempo transcurre para que lo confirme. Lobis sale a toda velocidad tras una sombra que por una orilla de la colonia descubre un arma, un rifle semiautomático que comienza a disparar.

-¡Corre!- Rafaela intenta gritar aún con su garganta que se ha cerrado con el susto, ella también busca una orilla y corre en paralelo a Lobis que escapa por en medio de las casas.

Más gente armada aparece recorriendo la aldea disparando y arrojando bombas incandescentes a las casas. Rafaela y Lobis corren y casi siguiéndoles el paso la ola de destrucción amenaza con alcanzarlas. Ella ve como todo el pueblo enrojece al mismo paso que sus zancadas, las imágenes bloquean su percepción de oír los balazos y explosiones de las casas. Por su mente incluso llega a pensar que si se detiene, también lo hará la masacre. Se equivoca.

Cada paso suyo no es causante del desastre, sino que apenas y puede huir de él, así continua esquivando el fuego cruzado y por poco cruza la pequeña aldea, con eso apenas y logra escapar. Solo hay un camino que podría tomar el cual la llevaría al monte y podría perderse en el bosque, si sigue a ese paso quizá no se percaten de su trote y pueda escapar, mientras Lobis va detrás suyo a escasos metros.

Tendría la aceleración y tiempo suficiente si continuara al paso, no obstante se detiene y voltea, cometiendo así un grave error.

Dos maleantes que cubrieron tarde la salida al bosque escuchan a Lobis alcanzar a Rafaela, voltean y se percatan que un habitante logró salir. Rafaela mira a lo lejos su casa ardiendo y eso la petrifica. La imagen se le expone como un cuadro que duraba largo tiempo frente a sus ojos, aunque solo se trató de un instante ella logra capturar cada detalle de cada casa en fuego, cada paso tomado por los malhechores y a lo lejos un grupo de camionetas que le resultan familiares.

-Mira esa niña- uno de los agresores le señala al otro y deciden ir tras ella.

Ya sin tiempo ni motivos para regresar, Rafaela retoma la huida sabiendo que ahora es un blanco ubicado. Así huye por unas cuantas decenas de metros antes de llegar a un llano en donde al voltear se encara con los tipos armados.

Los tres se miran confrontando intenciones, La chica sabe que un auténtico milagro se necesita para salir de esta encrucijada. Justo cuando está por resignarse Lobis se lanza al cuello de uno de los rufianes como una auténtica loba cazadora, de modo directo y certero desgarra la garganta del agresor y el otro se aterra. Rafaela entonces es testigo de la cumbre del valor de su amiga así como de la inhumanidad de sus ahora enemigos.

El remate llega cuando el otro asesino retoma algo de fuerzas y descarga su arma sobre la perrita. Rafaela grita tremendamente al no soportar más el perder en un instante todo lo que ama.

Un breve silencio llena la atmósfera por un instante, tanto el maligno como la inocente confrontan miradas y sueltan sus suspiros a la par, como si se tratara de un duelo.

Casi está por salir el sol cuando cerca de ellos una línea azul que cruza el alba se estrella un poco más atrás en el bosque, también se detuvieron los ataques en la colonia y el jefe Calderas sabe que debe ordenar a todos sus secuaces el ir a donde cayó el objeto.

Las distancias son cortas y es cuestión de menos de un minuto en que todo el ejército del empresario alcanza el sitio donde Rafaela, todos menos su general. Se acomodan como si fueran a un fusilamiento y decididamente y sin remordimientos disparan en conjunto, la Muchacha no puede más que cerrar los ojos y entregarse a su destino.

Tantas balas juntas incluso marcan una alfombra de sombras que crece hacia Rafaela, de pronto esa alfombra cambia de dirección y disminuye hasta desaparecer.

Detrás de Rafaela un extraño brillo azul empuja cada proyectil y evita que ella salga dañada, al abrir los ojos ella ve tirados a los destructores y siente que algo la apoya, algo poderoso que jamás había experimentado.

-Apaga el fuego- dice con tristeza la joven como si pudiera afirmar que esto la obedecerá.

El lago que tan cerca queda de ella se comporta de modo extraño, y una neblina brillante comienza a salir de la orilla y como si fuera una ola enorme cubre de rocío la colonia, así se apagan las llamas. Sin embargo es tarde, al desaparecer la niebla quedan solo cenizas y ningún rastro de vida, Calderas escapó en una enorme camioneta.

-Gracias- Rafaela desfalleciendo cae de rodillas y al fin se le concede tiempo para llorar- Gracias por salvar lo que haya quedado de mi aldea.

-Olvídalo, no quedó nada, así que no intentes regresar- extrañamente puede comunicarse aún sin hablar, la extraña entidad se acerca a Rafaela hasta provocar humedad sobre su espalda.

-Debo regresar, mi familia…

-No puedes, es como si hubieras muerto también.

-Entonces como un cadáver me quedaré esperándolo aquí.

-Eso será como si no hubieras vivido.

-¿Y quién me lo dice?, no muestras tu rostro, aunque creo que estás sobre mí.

-Nos hemos vuelto a separar después de ser perfectos, ahora solo he llegado aquí y tú me recibiste.

-No sé qué seas, ¿eres Dios?

-No lo soy, y soy parte de él.

-¿Eres el Diablo entonces?

- Ahora mismo vengo de donde él.

-Entonces querrás mi alma, ¿verdad?

-Así es, me siento débil y necesito un hogar.

-Puedes vivir conmigo, seré tu única familia

-Nunca he tenido una.

-Muéstrate entonces para que vea tu rostro y pueda admirarte y agradecerte.

El espíritu del sello de zafiro no tiene forma, sin embargo se ha conmovido ante un alma pura. Este espíritu toma la forma de algo amado para Rafaela y toma la forma de Lobis, así se acerca a su frente y hace como que la olfatea.

-¡Lobis, sabía que jamás me dejarías!

Rafaela no reparó en que su amiga había muerto y prefirió verla en eso algo caritativo que en cuanto llegó decidió hacer algo por la ahora extinta colonia. Esa zona fue asediada después por maquinaria y gente armada enviada por Calderas, pero siempre extraños sucesos los derrotaban, se perdían en nieblas o aparecían ahogados, Rafaela y su Lobis cuidaban el bosque de la gente con malas intenciones y en muy poco tiempo se ha ganado el bosque el título de embrujado. La dama azul y su loba brillante con su aullar elevan las aguas como lo hace la luna.

Hoy ese lejano pueblo es donde uno de los siete sellos con su grado encontraron un nuevo huésped, uno de alma pura que a su modo hace la justicia.

Miguel y la Piedra roja.

El sello de Rubí

Cuenta Don Anastasio que cuándo su padre era joven peleó con un famoso escritor a la salida del Café Suizo, eran los últimos años en que ese famoso café serviría para las tardes de tertulia. En contrario, el también llamado Anastasio apenas era un adolecente y discutió con un tal Jardel.

-Te digo que cuando fui a Suiza pedí un suizo y no conocían a ese bollo- Jardel con unas copas encima le explicaba al joven Anastasio.

-¿Entonces no lo probaste allá?- Anastasio ya entrado en calor seguía sin entender.

-Si lo probé, pero le llaman distinto- explicó enérgico Jardel una vez más.

-¿Le decían bollo nacional?- ironizaba Anastasio.

-¡No gilipolla! Ya te dije que le llaman español.

-El que dice gilipolleces eres tú- enfurecido el joven Anastasio.

Así los jóvenes comenzaron con empujones y aumentaron su intensidad hasta que unos clientes salieron a perseguirlos, Anastasio dio un golpe en la nariz a Jardel y huyó a toda velocidad. Al sentir como derramó la sangre de las fosas de Jardel, Anastasio aumentó el esfuerzo en la huida.

El café suizo estaba próximo a la Puerta del Sol, lugar donde comenzaba la famosa calle de Alcalá, Anastasio pronto se encontró a toda marcha corriendo por en medio de la calle, ninguno de los tipos que salió a apaciguarlos tenía ya la intención de darle alcance. Sin embargo Anastasio corrió hasta la avenida de la hispanidad, lugar donde con sus últimos alientos logró trepar como todo un “Gato” por una barda para después tomar descanso sobre Avenida de América.

Esa fue la gran Azaña de juventud que el abuelo Anastasio presumía de su padre a su nieto también llamado Anastasio pero con el segundo nombre de Miguel.

-¿Entonces él corrió toda esa distancia?, ¡Es como cruzar como un rayo toda Madrid!- el pequeño atónito ponía atención a esa historia cada vez que su abuelo la narraba.

-Ya papá, te he dicho que es imposible que haya pasado esa historia, no deberías contarla a mi hijo- El padre de Miguel e hijo de Anastasio lleva el mismo nombre, es un señor serio que siempre discute sobre las enseñanzas fantásticas que le dan a su hijo.

-Tu abuelo fue un verdadero gato, uno que vivió en la calle y aprendió de vida, no como tú que no saliste con más cabeza que para la escuela- Don Anastasio reprimiendo a su hijo- en la universidad no dan clases sobre la vida.

-Abuelo… ¿si ya no voy a la escuela podría ir a tomar clases de la vida?- Miguel preguntaba-

-No pequeño, sos un pijo todavía, algún tío podría hacértela- con risas menciona el abuelo.

-Cuando sea grande quiero ser un gato como tu papá- Así concluía el más joven de los Anastasios.

-Tú mi joven aprendiz, serás más que un gato… serás un León.

Pasaron los años y Anastasio Miguel Alarcón creció con el hueco de las enseñanzas que dejó su abuelo al morir durante su infancia. Su familia lo guió por el camino del deporte y le inculcaron aprecio por las artes marciales. Cuando el joven tenía quince años ya erra una prometedora figura y promesa nacional. Sus principales virtudes no estaban en la técnica tanto como en su condición física. Cada madrugada él salía con rumbo al banco que estaba construido sobre lo que un día fue el café suizo, y ahí comenzaba una feroz carrera con un fantasma imaginario. Dos Anastasios separados por cuatro generaciones se enfrascaban en carreras a diario. Miguel en el primer tramo sentía que corría al par de su ancestro, incluso en Cibeles creía que podría ir un paso adelante, en Goya comenzaba a sentir un verdadero esfuerzo físico y en Las Ventas sentía como su predecesor mantenía un paso imposible para él.

A diario Anastasio menor llegaba cabizbajo al Carmen y con el pulso a todo lo que daba, aunque era impresionante su tiempo registrado para semejante distancia, le decepcionaba el no ser rival para la leyenda de su bisabuelo. Apenas y cubría la mitad del recorrido y desfallecía.

Una tarde de septiembre llegó el joven a casa, donde su madre, Doña Aurea le guardaba con sonrisa una carta. Anastasio la tomó con incógnita y leyó que se trataba de una invitación del extranjero. Era ni más ni menos una invitación de la Universidad de México que festejaba su primer siglo de existencia, a la par eran los festejos del bicentenario nacional y se formó la convocatoria para un encuentro entre los mejores talentos marciales de ambos países.

Anastasio fue considerado el seleccionado más joven de los ocho españoles que participarían en un torneo inédito contra los mejores ocho de México. Y, aunque no sería el capitán de esta furia roja, se le señalaba como el elemento más esperado.

La fama que había adquirido el muchacho en el último año había despertado interés en el nuevo continente y el rector de la universidad estaba emocionado con la idea de que se enfrentara al campeón juvenil de la propia universidad.

-¿Quieren que vaya a despedazar moros en sus tierras?- un fanfarroneo que Anastasio le pregunta a su madre.

-No les llames así Tacho, sos un descortés, mira que invitarte en calidad de estrella a su evento no es cualquier cosa, allá creen que eres la ostia.

-¡Madre!

-Perdón por la palabrota, pero me emociona bastante que cruses hasta América.

-Es México no América, simplemente prefiero a los etas que a sus mafias, al menos acá los terroristas luchan por más que dinero.

-Mira que sos tan grosero- Dona Aurea le da una bofetada.

El silencio sigues después del sonido hueco le golpe que no hizo en el muchacho más que volteara un poco.

-¡Me llamarán Gachupín!- El joven sale de casa corriendo lastimado del orgullo.

Anastasio no superó de buena manera la muerte de su abuelo tiempo atrás, si a ello se le suma el descuido de su padre a causa del trabajo, y la exigencia curricular de su madre, cualquiera se percata que a él no le gusta seguir instrucciones. Era un chico solitario, que aunque gozaba de gran fama entre las chicas de su colegio, no tenía relaciones con los chicos de su edad, al contrario, les levantaba envidias. Simplemente era un chico que se sentía solo y le fastidiaba participar incluso en reconocimientos pues sentía que los demás intentaban hacer suya su vida.

La noche caía y vagando cerca del Bernabéu La promesa de España se reclinaba en una pared, desde ahí al cruzar la calle veía una chica que tenía buen cuerpo como caminaba. Sentía el joven su hormona que florecía hasta que se percató de un pequeño grupo de tipos que se le acercaban a la chica.

-Pero qué buena moza- dice uno de los chicos torteando a la joven.

-Vaya que esta tía tiene buenas tetas, debe de comer muy bien- un rufián se aprieta entre la entrepierna señalando sus partes.

Anastasio de lejos apreció los gestos y como cualquier persona decente no pudo contenerse y se aproximó exigiendo que la dejaran en paz. Los bandidos que lo toman en juego se llenan de gusto por que ahora tienen alguien con quien discutir.

-Mirad, tenemos un crio pijo que nos viene a joder las bolas- El líder disimula tener un arma blanca escondida.

-Vete, yo les mostraré a estos tipos que no tienen cojones- Anastasio le indica tranquilamente a la muchacha que escapa en búsqueda de unos policías.

-¡Me jodes tío, me jodes!- El tipo de la navaja la muestra- ¿Qué no ves que dejaste escapar mi cena?

En total se trataban de cinco los muchachos que molestaban a la chica, rodean a Anastasio a la vista de todo el mundo y de cámaras de seguridad.

Lejos un combate épico entre seres más poderos estaba terminando, una línea roja cruzaba el atlántico a una velocidad un tanto superior a la del sonido, después de algún rato se aproxima a la ciudad donde Anastasio.

EL joven sabe que sus oponentes ignoran sus capacidades marciales, entre las personas que están de testigos apenas puede verse cada movimiento con el que derriba a los enemigos uno a uno. Asustado el tipo de la navaja decide huir, Anastasio le persigue y toma una ruta que lo lleva hasta la calle de Alcalá, ahí su enemigo roba una motocicleta y al joven karateca no le parece absurdo correr tras él. La policía llega tras la llamada de auxilio de la dama y los persigue a ambos. Deciden entonces disparar balas de goma para detenerlos, y esas cortan el aire sin acertar. Las balas pasan a los costados de Anastasio pero entonces se les une un proyectil más.

La piedra roja que contiene el sello de fuego ha reducido su velocidad y aún así sigue siendo veloz, al pasar por un lado de Anastasio este crea su interpretación –Es mi abuelo que corre por esta calle-piensa el muchacho acelerando el paso. Así una vez más se repite la carrera por ser el más veloz, dejando a un lado el objetivo de atrapar al villano, el joven solo se concentra en alcanzar la luz roja de la piedra. Un automóvil que circula en contra la golpea y la hace rebotar a una calle oscura, el joven confundido corta la marcha para ir a donde cayó.

-Ese no es el camino- Anastasio le reclama al espíritu que confunde y se adentra en la oscuridad y ve como cae dentro de una cloaca la esfera escarlata.

Sin pensarlo decide levantar la tapa de la coladera y se lanza a por el brillo que vio. Ya solos dentro del drenaje se conectan en una tétrica visión ambos elementos. La piedra tan caliente estaba que seca el agua donde cayó y de inmediato se prende fuego que ilumina todo el conducto. A las afueras, en las calles de Madrid, la gente ve salir flamas de las coladeras. Anastasio siente un calor infernal y se pregunta de la reacción de su ancestro.

-¿Por qué me traerías a un infierno? Se supone que me cuidarías, no que me quemarías- El joven le reclama al fuego- sabes que yo no sería un gato como tú, sino un león.

La piedra reacciona ante el reclamo y su espíritu interpreta lo que quiere ver el muchacho. Del rio llameante sale un león de fuego que se aproxima al adolecente sin quemarlo.

-¿Me conoces?- pregunta el felino.

-No, pero tu hijo me contó sobre ti- contesta Anastasio.

-No sé de lo que me hablas, no conozco hijos míos- contesta la llameante figura.

-Eres un maldito entonces si niegas a tu sangre.

-¿Mi sangre?- el león se siente ofendido- si eres mi sangre entonces dame la tuya, ese será mi hogar.

-Siempre en mi mente lo has tenido nunca te he podido pasar ni olvidado, aunque vos siempre me deje atrás.

-Entonces cierra conmigo el pacto y en ti viviré.

Anastasio no reconoce como ajeno esta figura y sin decirlo lo acepta de corazón.

-Es mi linaje esta energía, es mi herencia como poder, ayúdame a hacer el camino que no hay y yo correré en él- Inspirado acepta el pacto.

-¿Corredor eres entonces? Corredor sin un camino, se hará camino a tu andar.

Las flamas se apagan y Anastasio lleno de inconsciencia desaparece de la cloaca para reincorporarse a la calle de Alcalá. Ahí ya no es perseguido, pero sabe que una presa le espera, sabiéndose más veloz corre por su ya conocida ruta con la fiereza del león que ahora es, con la potencia de su ancestro y la convicción de su abuelo.

-Este será mi nuevo camino, y detendré al que sea injusto en él- Dice antes de perseguir al criminal.

Como ningún vehículo o persona que haya recorrido esa vereda, Anastasio parece tener un brillo escarlata propio, sus pisadas dejan lumbre y como saeta atraviesa la calle. Cuando se acerca a la moto que no iba tan lejos, el conductor lo mira por un retrovisor, dada la sorpresa pierde el control del vehículo y termina por derrapar, de inmediato Anastasio lo rebasa y de reojo celebra con una breve mirada que lo ha detenido, sin embargo su objetivo ahora es otro.

-Te ganaré Gato madrileño, soy un León.

Anastasio regresa a su casa, aturdido y sin saber si quiera si pudo vencer el reto de la calle de Alcalá, tenía preocupada a su madre la cual lo abrasó al llegar, el espíritu del sello que lo seguía sintió en el afecto familiar un sentimiento nuevo, como si por primera vez alguien lo apreciara solo por ser y no por el poder que le entregaba. A fin de cuentas el ahora huésped seguía sintiendo como niño y sentía en el abraso de su madre gran alivio.

-Mamá, quiero ir a México.

-Irás, porque eres el mejor guerrero de España, el mejor de toda Europa.

Anastasio Después de eso se dedicó a entrenar más fuerte, lograba rutinas exhaustivas para cualquier otra persona, sin embargo el sello de rubí le daba fortaleza, ambos estaban en lo mismo, proteger el orgullo de la familia y la memoria de los antepasados, viajar a México y enfrentar al campeón juvenil le emocionaba mucho, como si supiera que se trata de alguien con tanto poder como él.

Algo drástico que cambió fue que ya no corría con el recuerdo de una leyenda por la calle de Alcalá apuntando su mirada al amanecer, ya no seguía los pasos de su ancestro, sino que hacía los propios.

Uriel y la Piedra negra.

El sello de ónix

Era complicado ser el chico negro del barrio, lo era más el estar ahora a punto de consolidar su imperio sin sentir dolor por todo lo que perdió. Así el aspirante más serio a Capo de la ciudad se encuentra manipulando la tierra de modo que esta termine su venganza.

Todo comenzó con una huida durante la guerra civil norteamericana, en ese entonces su ancestro escapó relativamente fácil a México. Una mujer de color descendiente de aquel esclavo no tendría como tarea sencilla el pasar desapercibida al llegar a la ciudad, aunque su físico le ayudó a ganar algo de dinero, su piel le reducía las opciones, y tuvo que conformarse con ser una mujer de compañía.

Lo más decente que pudo lograr fue el ser ama de llaves de una familia no tan rica, aún así pudo ser recibida y sacó adelante a un vástago de uno de tantos clientes. La familia creció y algunas generaciones después de pequeños bastardos, terminaron por engendrar a una hermosa chica de piel oscura que llegó a un barrio marginado.

Ahí una noche mientras regresaba de su rudo empleo fue violada y como resultado otro no afortunado niño fue concebido. Su nombre fue Uriel y no pudo recibir una educación apropiada, ante el desprecio de los habitantes y las burlas de sus compañeros de juego, el pequeño “Negrito Sandía” -como lo llamaban sus conocidos- terminó siendo un chico más que se metía en problemas y vicios.

La madre de Uriel enfermó, murió y no le dejó grandes consejos, solo pudo encargarlo con un padrino quién intentó cuidarlo. “El Ganso” un señor de edad avanzada era quién recibía más cuidado en esa relación, Uriel debió trabajar muy duro para apoyar a su compañero y así sufrió mucho su infancia.

Cuando comenzó a tener bello en la cara y su vos empezó a ser atemorizante tuvo un encuentro con el personaje que cambiaría su vida. Una noche se toparon en el ministerio público; Uriel que había sido atrapado al robar dentro de una tienda de autoservicio, y “Catoblepas” un hombre de negocios que con unas copas encima atropelló a varias personas. Mientras Uriel está angustiado porque no sabe cómo saldrá librado de este evento, el arrogante tipo se enfurece ante la tardanza de su abogado, la soledad en la celda los termina haciendo conversar.

Al tipo adinerado le resulta molesta la apariencia de Uriel y su aroma, ante una queja el jovenzuelo explica su condición económica. Ante ello estalla la risa del Catoblepas a quien el dinero le llega tan sencillo como el arrancar hojas a un árbol.

-El mundo es de los cabrones, y hasta que no consigas chingarte a uno, seguirás siendo un pelele.

-No soy un pelele- Uriel se lanza sobre su compañero de celda y este sencillamente lo somete.

-Eres además de estúpido débil- Sonriendo el Catoblepas le propina unos golpes.

El custodio tiene preparada una manguera con la que los moja para separarlos, gritándoles groserías los deja empapados y después se burla. Catoblepas se enfurece y estira la mano por la reja y toma de la corbata al oficial para estrellarlo con las rejas, durante la discusión con Uriel este alcanzó a desgarrar la camisa de Catoblepas, mientras él sostiene al sangrante guardia y lo mira a los ojos, se cae la camisa descubriendo el tatuaje que le comienza en un costado y cruza por la espalda para terminar en el otro hombro.

El trazo es muy elaborado y detallado… Se trata de un animal mítico con cuerpo de toro y cabeza de jabalí, un cuerpo fuerte y un cuello débil para una enorme cabeza agachada. El animal parecía confrontar a una serpiente enorme que entre tantas vueltas conforma el margen del tatuaje.

En ese instante le pareció espeluznante la escena a Uriel, el chico que desde su rincón vio en esplendor la agresividad de su oponente, no pudo sentir más admiración a causa del miedo que enfado.

No tardó más en llegar el abogado del pudiente y poco tuvo que alegar y si mucho que pagar para que soltaran a su cliente, Catoblepas que deja su camisa en el piso le señala que el chico también y liberan a ambos. Uriel camina mudo a su lado hasta llegar al auto lujoso que espera a su compañero de arresto, ahí le ofrece Catoblepas llevarlo y lleno de confusión el joven acepta. En el camino tampoco intenta hablar hasta que su nuevo amigo le saca la conversación.

-¿Dónde vives?- Catoblepas le pide la dirección a Uriel quien modestamente da las indicaciones-. Eres distinto, a ti la grandeza no te seduce, te intimida, otros buscarían como quedarse cerca, en cambio tú pareces estar esperando que se aleje, que raros son los negros, al menos los mexicanos

El camino no era largo, sin embargo para Uriel fue el paseo más extenso de su vida, él no había estado sobre un vehículo tan elegante más que para limpiarle el parabrisas. Y aún así, rodeado de confort y lujo, le preocupaba más el hecho de haber intentado golpear al dueño de todo ello.

-¿Qué me va a hacer señor?- dice tragando saliva el jovenzuelo.

-Te llevaré a tu casa estúpido- Catoblepas se indigna por la desconfianza de Uriel-. ¿Quieres saber qué dice mi tatuaje?

-Este, sí señor- asustado, sin embargo todo el tiempo no pudo sacarse la duda de la mente.

-Esto- mostrando su musculosa espalda-. Es un Catoblepas, por eso me dicen así. El Catoblepas es un animal mítico, puede matar con la mirada, y por eso siempre tiene la mirada abajo. El otro es un viperino, una serpiente mitológica. A mí me gusta la idea de que el Catoblepas vencerá al viperino.

El adinerado alcanza a contar su historia justo cuando llegan a casa del muchacho. Ahí se baja Uriel pero antes de salir corriendo lo detiene el chofer, Catoblepas le habla.

-¿Qué, los negros no se despiden?- Catoblepas sale del auto y encara a Uriel-. Esta es la tarjeta de un empleado, ve y que te dé trabajo. Todo lo que mira para abajo se muere, así que te daré la oportunidad de que me alcances, ¿tienes ganas de trabajar?, si eres la mitad de hombre de lo que imagino, nunca serás pobre de nuevo. Si escalas lo suficiente, nos veremos de nuevo.

El Ganso vio salir de un auto de lujo a su ahijado y de inmediato pensó que se trataba de una broma, al llegar donde Uriel, ya se había ido el coche, lamentablemente para él, Uriel había regresado sin comida, sin embargo al enterarse de la historia esté insistió en que el muchacho debía trabajar para él.

Uriel asistió al sitio donde la tarjeta, comenzó de inmediato a trabajar repartiendo paquetes cuyo contenido desconocía, ganaba bien el muchacho y de pronto le dejó de importar qué tenía que hacer, rápidamente en cosa de semanas escaló y ya administraba mercancías, cuándo la probó se sintió mejor. El Ganso estaba feliz, ya no pagaban renta y tenía un departamento más de cuatro veces mayor, no trabajaba y un auto lujoso lo llevaba a donde pedía. Claro para él no había mucho mundo, se conformaba con ir a una piquera más o menos decente en la cual era bien atendido, ese sitio donde se llenaba de alcohol y cada vez, tenía más experiencias repetidas a las que sus lagunas mentales no le dejaban retener.

Algún tiempo pasó, algunas encomiendas también. La costumbre a los placeres jamás tenidos hizo menos sensible a Uriel ante las personas que son como él antes fue. Con dinero y sin limitantes sus aspiraciones cambiaron, aunque ahora había cambiado su vida recordaba las palabras de quien alguna vez le tendió la mano y lo hizo posible. EL Catoblepas no había sido siquiera mencionado en sus conversaciones, tan solo se hablaba de un jefe, y eso era precisamente lo que le frustraba.

Ya había satisfecho sus necesidades, incluso las del Ganso, pero no era suficiente, debía completar aquello para lo que la vida le puso esta etapa en el camino, debía reencontrarse con Catoblepas, y cómo le dijo: “Chingarse un cabrón”. Su nueva prioridad era esa, hacerse de poder.

Un año después se daría el anhelado encuentro, Uriel se hizo una figura de peso para esa organización delictiva, incluso hay mucha gente a su servicio, pero él quiere más.

-He sido enterado que ya no eres un pelele mi estimado negro, ya no traes tus ropas viejas ni hueles mal- Catoblepas recibió en una fiesta a Uriel y a su Padrino.

El Ganso estaba maravillado con los lujos que tenía Catoblepas, y poco le importaban los negocios, de inmediato se perdió entre los vicios y comodidades. Por otra parte Uriel si le ponía atención-.

-Me dijo mi artista corporal que le llamaste para hacerte un tatuaje, tengo curiosidad de qué podría ser lo que elijas- Catoblepas le dice a Uriel mientras observa sus ahora ejercitados brazos.

-Quiero una serpiente- Uriel le sonríe con una expresión malvada intimidando por primera vez a su jefe, le logra sostener la mirada por un tiempo y después se tira a la risa-. No te asustes, no me he convertido a ninguna mafia ajena, es solo que me siento como esos animales, como un cauteloso cazador.

-No me gustaría verte como uno de esos bichos, llenos de veneno, si quieres ser un cazador quizá deberías contemplar un tigre o algo así.

-Estese tranquilo, aun no me decido.

-¿Estese?, la última vez que hablaste conmigo apenas y podías hablarme de usted, y cuando mencionaste lo de la serpiente me tuteaste, vaya que eres una persona interesante.

Catoblepas no es tonto, y de inmediato se percata de las intenciones del joven prometedor, algo en él le dice que ese muchacho de color al igual que un reptil está utilizando su mirada para hipnotizar, pero en su mente mantiene la idea que con la mirada un Catoblepas puede matar.

-Lo siento, me dijeron que esta noche hablaría conmigo un tema importante- Uriel mantiene una postura decidida.

-Así es, aunque me gustaría que te diviertas un poco por ahora, después te pediré que cumplas con una misión importante, que te dejará más dinero.

-Con gusto le haré el favor.

-Recuerdo cuando eras un muchacho que escapaba del dinero- Catoblepas pone su mano en el hombro del chico y a un guardia cercano le indica que lo asista-. Ve con él, te enseñará a tus nuevos compañeros.

Uriel se integra al coctel y se desenvuelve en sociedad fácilmente. En una de las tantas mesas El Ganso se encuentra bebiendo y jugando con unas chicas de compañía, a sus espaldas escucha un diálogo entre otros trabajadores.

-¿Ya viste la indicación que hizo el jefe sobre el Negro?

-Sí, también lo ha juntado con el equipo de la siguiente semana.

-He oído que trabaja muy rápido, ha logrado llegar acá en menos de un año.

-Quizá por eso lo quiera desaparecer.

El Ganso por primera vez pone más atención a algo que no es su bebida, en un inicio teme por la seguridad de Uriel, sin embargo al contemplar la distancia entre él y el jefe, decide hacer un cambio de bando. Podo después el padrino de Uriel busca al jefe para ponerse a su servicio.

-Señor, disculpe que sea yo un poco, curioso, es solo que me he enterado que usted… Ya no es muy amigo de ese muchacho de color, ¿Sabe?, yo puedo, usted sabe, ayudarlo para que no se meta en sus cosas, es un malcriado y solo está aquí porque le envidia sus cosas- Ganso comenta a espaldas de su ahijado.

-Me doy cuenta de que es una persona muy inteligente, créame lo tomaré en cuenta para mis planes.

Ganso pensaba que ya había ganado, sin sospechar que de inmediato sería señalado para desaparecer. La fiesta terminó y a Uriel se le comentó que debía preparar un equipo y armarlo para proteger a un tipo extraño. En una arena de luchas, habría un enfrentamiento entre un famoso luchador y un extraño, al parecer una instrucción desde lo más alto del orden criminal les enviaría a protegerlo, para Uriel resultaba extraño que enviaran a pocos hombres para una misión en la que supuestamente había cierto riesgo de toparse con un equipo de la policía, sin embargo fue mayor el temor cuando apareció el cadáver de su padrino afuera del bar que frecuentaba.

Catoblepas de inmediato contactó a su protegido y lo consoló, le pidió que no se distrajera y que llevara a cabo la misión. Aunque en el corazón del muchacho algo le decía que en realidad lo iban a entregar.

La misión fue como él temía, terminó enfrentando a un equipo especial de la policía en un escenario muy reducido, hubo tantas bajas entre ambos bandos, entonces comprendió que él era parte de la carne de cañón, tantos grupos distintos habían sido enviados, y al desconocerse, no solo mataron policías, sino también a otros compañeros que ignoraban del mismo lado.

Uriel escapó con una herida en el hombro, al llegar a su casa la encontró asaltada y ya no hizo más por entrar. Con dinero que tenía escondido logró curarse y esconderse un tiempo, sabía que Catoblepas le temía, por eso quiso deshacerse de él. Lo del Ganso fue solo un aviso y pronto decidiría planear su venganza. En un local no reconocido se hizo un tatuaje que recorría de mano a mano pasando por brazos y espalda con el dibujo de una enorme serpiente, y en el pecho la leyenda… “Soy el Uiperino”.

Catoblepas trabajaba como secretario delegacional por parte del gobierno, solía asistir a muchos eventos públicos y nadie hablaba de su doble vida, uno de ellos fue en una zona arqueológica, Uriel esperó poco para que se presentara la oportunidad y se presentó ese día, también se infiltró en su hotel y logró encontrarse con él en privado.

Que ingenuo resultó cuando lo atacó por la espalda, Catoblepas lo había visto desde antes y sencillamente lo intercepto, le dio algunos golpes y de inmediato sus guardias llegaron para arrestarlo, Catoblepas no podía mancharse en horarios de figura pública, además este chico había demostrado ser un vicioso más, le resultó insignificante y lo dejó en manos de la escolta.

La instrucción fue sencilla, una calentadita, unos fierros y que desaparecieran el cuerpo, por la noche ya muy herido caía el cuerpo de Uriel por una pequeña barranca, los guardaespaldas tan holgazanes fueron que no se aseguraron de que estuviese muerto.

Esa noche pudo sobrevivirla más con coraje que con fortuna, casi al amanecer sentía sus últimos latidos. Hubiera muerto, de no ser porque ocurrió el evento que cambiaría su vida. A lo lejos una pelea entre seres más poderosos terminaba, y como resultado extraños objetos volaron por todas partes, uno de ellos aterrizó a poca distancia de él.

Una extraña luz brillaba desde una pequeña piedra, Uriel pensaba que era un síntoma de estar muriendo, por eso se tranquilizó al sentirla a su lado.

-Si tuviera una oportunidad, una oportunidad más, podría haberme vengado.

Pareciera que dijese la palabra mágica, y así un Sello de poder se revelaba adoptando la forma de una gran serpiente, un ser luminoso se enrollaba en su cuerpo, la serpiente con el solo tacto le daba a entender que ella podría salvarlo, a diferencia de alguien más sensato, Uriel no hizo pregunta alguna, ni reflexionó al respecto, solo se dejó poseer.

Así quizá el ser más violento estaba tomando forma, el Viperino que devoraría a un ser que presume de matar con la mirada.

Hoy en día toda la historia pasaba por sus ojos, todas sus carencias y el modo sencillo en que le sonrió la fortuna, ahora Uriel tenía poder para aplastar a quien lo retara tiempo atrás, y con apenas concentrarse un poco lo hizo literalmente. Su venganza consumada es su más grande medalla, medalla que presume andando con un tatuaje que el cruza el cuerpo, medalla que está dispuesta a acrecentar así como exponerla ante cualquier retador. Al fin es “El Uiperino”, “El Jefe” y el amo literal de la tierra.

Gabriel y la piedra verde.

El sello de Esmeralda

Los Galante son una respetada y reconocida familia que siempre ha tenido un buen nivel de vida, varios negocios y una fortuna muy mencionada por la alta sociedad de la ciudad de México, la ha hecho tema de conversaciones de admiración, y a la vez de envidias. No sospechaba el señor de la casa que pronto su esplendor causaría la ira de otros.

Edith, una accionista en la empresa de esta familia siempre ha estado enamorada del jefe familiar. Sin embargo había un matrimonio sólido e hijos de por medio que le evitaban acercarse a él, ello aumentó siempre una envida contra la esposa de su amado. Gabriela, la esposa, era una mujer muy hermosa y generosa, parecía que no tenía enemigo alguno, pero en la contemporánea mujer que acompañaba en los negocios a su marido se hallaba alguien que estaba dispuesta a lograr su cometido incluso si eso implicara pasar por encima de ella misma y su cadáver.

Gabriela siempre estuvo tan orgullosa de su primogénito que se llamaba como ella, un pequeño Galante que aunque era tímido y algo enfermizo, representaba para ella el motivo de sus esperanzas.

Edith conocía cada cosa de la casa de los galante, sabía desde dónde podría encontrar mantequilla fresca, hasta el sitio donde escondían sus secretos, y el tener conocimiento del campo le facilitó el poder hacer una trampa para alguien ingenuo como su némesis así como para poder provocar una discusión.

Gabriel cumple cinco años, sus padres deciden realizar una pequeña recepción para celebrarlo, en próximos días el niño entrará a la escuela y eso le atemoriza, por ello su madre propone juntarlo con otros pequeños de otras familias para que pierda el temor por separarse a diario de ella, la fiesta es tranquila y mientras ejecutivos ríen de chistes financieros algunos niños rodean a Gabriel para ser hostiles.

-Está muy feito- una niña más alta y muy linda le dice a su hermano escondiéndose detrás suyo.

-Sí, parece ratón, ¿Nos enseñas tus dientes?, ratón de los dientes- contesta el hermano.

-Yo creo que nos podría morder- replica otro de los infantes.

-Ya lo veremos- el hermano de la niña linda forzó la boca de Gabriel para burlarse de la dentadura de este.

Los niños forcejean y se vuelcan en el piso donde llaman la atención de los adultos que corren a separarlos, para cuando la tía de Gabriel, Esmeralda llega para tomar al niño, este ya había mordido a su agresor. Aunque el niño mayor logró propinarle un par de golpes en la nariz al pequeño, la mordida le dolió lo suficiente como para hacerlo llorar, la sangre de Gabriel manchando la mano del niño asusta a los demás de su edad que incluso creen que le arrancó el dedo.

Un instante después el percance y la impresión en los infantes causa que termine la fiesta, en la cocina discuten Esmeralda y Gabriela, Esmeralda a pesar de ser mucho más joven tiene un carácter más fuerte que la madre del pequeño tachado de salvaje. Ella es la hermana de su padre y desde niña celaba a su hermano mayor, por ello siempre fue muy fría criticando a Gabriela y oponiéndose a cada consejo suyo. Ella considera que la fiesta era inapropiada para Gabriel ya que lo tenía muy consentido, en consecuencia el niño era un malcriado que agredía a otros niños. Gabriela le reclamaba que su hijo era incapaz de ser violento, apenas y podría defenderse y que era muy amoroso, aunque no vio el motivo de la pelea, ella está segura que el otro pequeño lo provocó.

Don Federico, padre de Gabriel sufre de ver a las mujeres más queridas para él discutir sin que alguna pueda contenerse. Paciente anhela que simplemente a que dejen de pelear y confrontarlo.

Edith al ver esto decide sacar provecho e invita a Federico a una habitación donde habla con él, le plantea que Gabriela es una mala madre y no le conviene seguir con ella, a esto Federico se opone con molestia y decide abandonar el sitio. Edith no toma con calma la afrenta y está dispuesta a tomar una medida extrema, al ver las discusiones frecuentes entre Gabriela y Esmeralda considera que son enemigas, y será sencillo plantar un homicidio entre ellas sin que sea señalada ella como la autora.

En la semana siguiente Edith logra acceder a la alacena para mezclar un modesto veneno con las bebidas de la familia, el plan consiste en eliminar a Gabriela e inculpar a Esmeralda, las cosas marchan como espera hasta un día en que los esposos toman el té en su habitación.

-Considero que deberíamos internar a Gabriel en un colegio semi militarizado- Federico le comenta a Gabriela- Esmeralda me ha hecho la observación de que el niño aprenderá a valerse por sí mismo.

-¡Estás loco!- La madre amorosa se hiere y reclama- ¡no me alejarán de mi pequeño!

-No es para alejarlo, es para que él aprenda a defenderse y tú aprendas a dejarlo solo, no es sano que lo sobreprotejas.

-Mira Federico, él es muy pequeño, y tú tomas la salida fácil, sabes que esa no es una solución.

-Sé que te molesta, pero ya comencé los trámites, un colegio de cadetes ya me convenció y en poco tiempo lo aceptarán.

-Si tú o Esmeralda hicieran algo así, no se los perdonaría jamás.

Federico tomaba rápidamente su bebida durante la discusión y comienza a soltarse la corbata sintiéndose mal.

-¿Qué te pasa Federico?- Gabriela con preocupación lo apoya.

El señor había tomado demasiado veneno y conjunto a algunos medicamentos que tomaba para los nervios comienza a delirar.

-¿Qué le pusiste a esto Gabriela?

-Nada, ¿Qué ocurre?

Federico cae al piso, aunque la familia de inmediato lo auxilia y lleva al hospital, el señor no sobrevive. Edith lamenta el fallo y que las mujeres no hayan enfermado antes, ella no consideró los medicamentos de Federico y ahora su amado está muerto, decide alejarse del proceso. Las investigaciones descubren del envenenamiento cotidiano y Esmeralda apela a que fue Gabriela quien indujo la muerte de su esposo al saber que enviaría al niño lejos.

Las pistas eran confusas, pero el empeño de la hermana da resultado y se condena a Gabriela a una larga condena. Edith ya sin objetivo desaparece de la vida de los Galante y el pequeño Gabriel es dado en adopción a su tía. Ella pretende darle una educación rígida, cuando el niño se entera decide escapar y de noche sale por una ventana.

La tía descubre tarde la ausencia y para entonces Gabriel ya se ah convertido en un niño de la calle. Sin siquiera saber cruzar una avenida, el pequeño logra sobrevivir algunos días pidiendo limosna y alejándose de su hogar, el hambre lo hace llegar a un mercado donde se esconde en un camión de fruta. El Transporte lo lleva aún más lejos agotando las esperanzas de la búsqueda, al llegar a un sitio lejano, Gabriel abandona su escondite para adentrarse en una colonia humilde, ahí se acurruca en las noches en donde puede para terminar desmayándose en la entrada de una pequeña iglesia.

Ya no era horario en que mucha gente pasara, por ello quedó ahí dormido por algunas horas hasta que lo encontrara en sacristán cuando salió a cerrar, asustado entra corriendo a la capilla en búsqueda de ayuda.

-¡Padre Salomón, Padre Salomón, hay una criatura en la entrada!- Grita el sacristán a la única persona en la iglesia.

Se trata de la modesta parroquia de San Daniel Comboni, Ahí el Padre Salomón rescata a Gabriel con atención médica que puede suministrar, al inicio no logra hacerle hablar peor su carácter no es opresivo, por ello lo tolera por casi una semana. Un domingo mientras se oficiaba misa, Gabriel se levanta tras oír las campanas y se presenta en la capilla asombrando al padre que daba la comunión.

El padre Salomón deja de repartir las ostias dejando encargado a un feligrés mientras corre a abrasar a Gabriel, llorando lo presenta a la comunidad y le permite permanecer a su lado el resto de la misa.

A partir de ese momento una polémica surgiría alrededor del huérfano de San Comboni apodo que terminarían dándole, mucha gente pidió entregar al niño a una investigación y otros pidieron fuera aceptado como huérfano en la iglesia, esto causó que aumentara el silencio de Gabriel.

Para entonces ya habría pasado un mes y su tía habría declarado por muerto al niño, en la pena de la familia que quedaba se aceptaba que el heredero de los Galante había perecido, y con ello el futuro de las compañías. Cuando agentes investigaron al niño no le dieron importancia y no se pudo comprobar su procedencia, EL padre Salomón le había tomado aprecio y solicitó que se quedara, eso no fue complicado ya que las autoridades le dejaron la custodia a la iglesia.

Gabriel fue acomodado en una habitación y los primeros días se le llevaban los alimentos a ella, el niño no quería salir y eso preocupaba al sacristán y al Padre que rezaban todo el tiempo por él. Una mañana el pequeño se levantó con curiosidad y recorrió los jardines hasta toparse al Padre con un atuendo extraño y haciendo raros movimientos con un especie de palo con forma de espada.

-Gloria a Dios, veo que ya has decidido salir- El sacerdote sonriendo se acerca al niño.

-¿A qué juega?- Gabriel con curiosidad observa la espada.

-No es un Juego pequeño. Es un arte japonés que se llama Kenjutsu, ¿te gusta?

-Sí, ¿me enseñaría a usarla?- Señalando la espada.

-Claro, pero antes debo saber cómo te llamas.

-Me llamo Gabriel.

-Como el Ángel…

A partir de ese día Gabriel se desarrolló con una formación envidiable en la edad media, con estudios extra a los que le ofrecían en la escuela a la que asistía, la biblioteca del sacerdote era basta y el interés del infante no le quedaba chica, además practicó artes marciales en la tranquilidad del templo a diario fortaleciéndose en cuerpo y alma. Lo único que lamentó el religioso fue que el niño creció tan dedicado a aprender tantas cosas que dejó a un lado su vida pasada y fue imposible más tarde averiguar sus orígenes.

Pasaron los años y Gabriel se convirtió en religioso, era un adolecente e ingresó a la Universidad Pontificia con la mayor aprobación de sus padrinos, tanto el Padre Salomón como el Sacristán Jonás.

Gabriel era un hombre nuevo, ignoraba por completo su pasado y se formó únicamente con las enseñanzas de justicia que le daba el sacerdote y las historias que narraba Jonás sobre su vida anterior a la iglesia.

Salomón inspirado en la figura bíblica del mismo nombre compartió todos sus libros con Gabriel, y aunque siempre fue un impecable religioso, también era un adicto a la poesía, sobre todo exaltaba a los autores más románticos y esa mentalidad también fue transmitida a su discípulo.

Jonás había sido un obrero y trabajador de maquila mucho tiempo, siempre le dijo al joven que se sentía devorado por el sistema hasta que se dio cuenta que no solo podía vivir buscando dinero y gastándolo en los vicios, además Jonás tenía varios talentos plebeyos con los que ganaba admiración en las cantinas, algunos de sus trucos sucios se los enseño al novicio.

La vida de Gabriel lo hizo ir a muchos sitios eclesiásticos, entre ellos a un orfanato donde conoció a una chica, su corazón s emocionó al verla, peor ya tenía sus destino dedicado a Dios, por lo que frustró sus fantasías con la monja, él era muy apuesto y causaba furor entre las mujeres, sin embargo ella no lo juzgó por su físico. Su nombre era Graciela y era muy hermosa pero ciega, ella no conoce la luz y a pesar de ello siempre cuidó a los niños.

Cuando la economía del orfanato decayó, Gabriel optó por hacerse de recursos para apoyar a Graciela. En las noches el novicio salía y atracaba a delincuentes para hacerse de fondos que donaría después.

Una noche arrepentido por su doble moral el joven subió a llorar al campanario, el viento era fuerte y a lo lejos chocaban seres muy poderosos, el destello no le fue indiferente y observó al amanecer el cese de la actividad. Era día de San Gabriel Arcángel, por ende día de todos los ángeles y un brillo verde se dirigió hasta él impactando en la campana cercana.

Gabriel fue derribado por la misma campana y cayó cerca de diez metros al jardín, ahí sintió sus huesos rotos y la sangre ahogándolo, su vida pasaba frente a él y recordó lo de su familia, nostálgico se resignaba a una muerte sin haber regresado a casa.

La piedra verde brilló y descendió hasta él de ella una vapor tomaba forma, Gabriel pensó en su madre y ese vapor se hizo a su imagen.

-Mamá, lamento no haberte ayudado- el chico decía con esfuerzo.

-Nadie me tiene que ayudar, tú estás muriendo y no te ayudaré, no soy tu madre- como otros espíritus, este ignora los deseos de quien lo presencia.

-Sé que hice mal.

-Hayas hecho bien o mal, tu carácter es tu destino.

-Entonces moriré sin haber ayudado realmente a la gente, sin pagar lo que me dieron.

- Descansarás en paz.

-Si hubiera tenido una segunda oportunidad…

-Las oportunidades están para quien se sacrifica.

-Lo haría si pudiera.

-¿Dejarías que viviera en ti?

-Siempre has vivido en mi recuerdo madre.

-¿Y, en tu cuerpo?

-Corre tu sangre por mis venas- irónicamente tose y escupe dicho néctar.

-Te equivocas, nunca he estado contigo.

-Sería mi segunda oportunidad.

-Si me permites entrar, te sacrificarás y yo viviré en ti.

-Ningún placer sería más grande que sentir tu amor.

-¿Dirás palabras de compromiso? Palabras del corazón.

-Tu nombre es como ungüento derramado, por ello las doncellas te aman.

-¿Y qué más?

-Los hijos de mi madre se airaron contra mí, me pusieron a guardar viñas.

-Entraré en ti humilde persona.

-Las vigas de nuestra casa son de cedro, y las vigas de artesonado.

El espíritu del sello de esmeralda cubre el cuerpo de Gabriel sanándolo, el muchacho se reincorpora sintiendo una gran fuerza y ganas de salvar su segunda oportunidad, ahora se sabe más fuerte y sabe que debe redimirse, encontrar a su madre y salvar al orfanato de Graciela.

Al día siguiente el sacerdote le comunica que como misionero deberá ir a tierras lejanas en un futuro y compartir la palabra de Dios. Un ardiente deseo de probar sus límites invade a Gabriel, no le molesta el irse lejos, sino no ir con su amada.

-Créame Padre, así como su justicia me ha dicho… Compartiré mi poder con todos por igual.

Esa tarde surge un justiciero que cree en repartir a todos lo que merecen.