viernes, 6 de marzo de 2015

Del cajón Prohibido #7 ¿Qué podrás entender de esto si no sabes de velocidad?




Es necesario haber sentido el aire golpeando tu rostro y cada extremidad de tu cuerpo en la caída libre, imagina el rebufo sacudiendo tu ropa con la más violenta de las fuerzas, haciendo que tu abrigo te golpeé en el pecho y tus ropa interior te amenace con quedarse flotando en el aire y despedirse de ti y tu cuerpo que se convierten en un peso que cae para quedar como algo sin forma, algo sin esencia,  sólo una plomada meteórica que sirve para señalar la diferencia entre arriba y abajo, un proyectil que deja una estela que adorna el firmamento con rastros de alegría y adrenalina. Imagina un salto mortal y tu peso multiplicado por la gravedad más la distancia de la torre más alta que conozcas, súmale el peso de tus sueños, agrega la desesperación que experimentes cuando pierdes el control, suma la fuerza del golpe que Heracles tuvo que propinarle al león más imponente de la galaxia, el impacto de un rayo recién creado por un gigante y puesto en la mano de Zeus para que lo chocara contra el pecho del mismísimo tiempo, agrega el peso de aquel gato que no pudo levantar Thor cuando fue retado por el Rey Gnomo, La pirámide de Gisa que alberga milenios de huesos y poder, la misma que apunta al cielo como si se tratara del índice de la propia tierra. Imagínate cayendo de la torre de Babilonia, cayendo a una velocidad tal que ni mercurio no pudiera llegar a salvarte, que si Pegaso cruzara en tu camino lo atravesaras como la lanza de Longinus atravesara la piel del Cristo, cual lienzo de seda perforado por los clavos y las espinas, así cualquier escudo hecho por Vulcano podría resistir lo que le resiste el aire a un rayo… Imagínate que al terminar de caer te rompieras como pompa de jabón.

Si has sentido como el agua te cubre y te pierdes sin sentir piso alguno, si has experimentado el perder tu peso y disolverte en litros y litros de mar eterno, eso, así se siente mirarle los ojos.

Mirarle caminar fue más embriagador que una orquesta de sirenas, más seductor que docenas de geishas jugando en mi oído con dientes de león, más erótico que una lengua limpiándose los labios después de comer chile. Dime si no correrías como yo tras ella, nervioso de pensar que sus ojos de hielo y cielo podrían escupir fuego, porque su cadera daba latigazos de fuego y sangre en el camino, derribaba árboles, negocios, montañas a su paso, derribaba hombres, sueños y voluntades. Ella era el Raganarok, era el azote perfecto que el destino enviaba para matar a todos los dioses, era el castigo perfecto, era conciencia, un carro de fuego cullas rueras destruirían cualquier credo y a cualquier campo lo aplanarían para que sólo creciera el árbol de la vida, después de ella sólo podría haber dos, y cualquier resultado era la muerte si esos dos no éramos ella y yo.

Y cuando giró su cabeza yo salí volando, con la furia de un tornado mi memoria vació la petición que le haría, sólo quedó un cuerpo que tartamudeó por ella… Es cierto, el mundo terminó y sólo quedamos ella, el árbol de la vida y yo. Ni la sombra de la noche oscurecía tanto como como la del árbol del bien y el mal, no obstante, el fruto de ese árbol no se veía más apetitoso que una sola imagen mia un solo segundo en sus labios.

Pensar que el ciclón fue un accidente que ha hecho que ahora por las mañanas tras el amanecer, cuando ella me dice “hola”, ni todos los vientos del Midgard puedan arrasar con todos los árboles que nos rodean tan rápido como lo hace ella. Y esa sonrisa que me estremece diciendo mi nombre mientras me devoran sus ojos.


Ella es el sueño de Odín, es el invierno, es el fin de todos los años, ella es Ragnarok, ella es el fin del mundo, el ocaso de los dioses, la brisa más helada, la espada que me separa un solo segundo del mundo, es la muerte en pequeño, es ese sutil y fugaz placer.