domingo, 8 de enero de 2012

Cualquier parecido con otro videojuego es mera coincidencia.

Oscuridad total y silencio, esas eran las pocas cosas que estaban alrededor. Como en cada historia que narra sobre la lucha por conseguir el reconocimiento, como aquellas donde no importan los golpes recibidos o las abolladuras en el auto por lograr llegar primero, como las ocasiones en que uno se sabe como la piedra angular de la historia del mundo entero, como todas esas veces en que aquello que se anhela desaparece inmediatamente sin remedio alguno.
-No es la muerte la que mata, sino la mala suerte- Mario pensaba tirado sin voluntad para ponerse de pie, frio y sin poder darse cuenta de la diferencia de tener los ojos abierto o cerrados.
Entonces, como en una noche igual a todas las demás en que falla la electricidad desde que la política se antepone a las necesidades del pueblo, regresa la luz. Mario cierra los ojos que tenía abiertos, deslumbrado por el foco que le queda justo arriba, se ladea y encoje soltando el control que sostenía minutos antes con las manos sudorosas, pasa poco tiempo para que el joven se reincorpore a la realidad. En su mente quedó grabada la secuencia de los grandiosos movimientos que le permitían después de cientos de intentos pasar ese nivel.
Hubiera sido muy difícil acumular cada pieza de la reliquia de la confederación galáctica, y todo para que resultara ser una trampa en la que tendría que enfrentar nuevas esfinges y a un clon de cada jefe de nivel. Después tendría que entrar osadamente en la cripta del demonio estelar para toparse con que era su propio padrino quien lo manipuló todo ese tiempo para así hacerse de un poder impresionante. Poder tan grande que tendría que ser vencido con una serie repetida de movimientos que tras ser descubiertos lo convertirían en el villano más aburrido de la historia. No, todo el esfuerzo era para terminar de comer por décima ocasión cada punto en la pantalla antes de que llegaran los fantasmas por él. Por lo general ya había logrado hacerlo 8 veces seguidas, la primera vez que logró limpiar la pantalla resultó ser frustrante el ver cómo se llenaba de nuevo, era de las peores sensaciones que se podrían tener.
Sin embargo Mario no se daría por vencido, se levantaría y revisaría que su vieja consola no hubiera sufrido daño alguno por la descarga, después de hacerlo, sacaría el cartucho, le soplaría y reiniciaría. Mario era apasionado de ese juego en particular y lo jugaba en la vieja consola a pesar de tener otras más recientes, incluso que generaban escenas en tercera dimensión.
Del mismo modo disfrutaba el salvar distintas galaxias y hacer volar docenas de zombies con tan solo arrojar un encendedor contra un barril lleno de pixeles, como el sentir que corre por estrechos pasillo sin estar seguro si corre para juntar monedas, o corre para huir de los fantasmas. Esa noche cerca de las 8 había sonado el teléfono, pero Mario no tenía ganas de contestar, sabía quién era y lo que quería. Se trataba de un amigo de la universidad que desde la tarde había quedado en invitarlo a una fiesta, era viernes y varios compañeros saldrían a bailar. No obstante Mario no quería salir y recordaba una charla de la tarde.
-No tengo ganas- contestaba Mario a su amigo durante la charla - además, la tubería está tapada y tengo que arreglarla.
-¿Ya ves cómo eres? No debes faltar- insistía Luis en convencerlo de ir-. Aparte va a estar la Picher del equipo de Beisbol y por ahí me dijeron que te echó el ojo.
-¿La Pich? Si esa chica ni me pela- Mario incrédulo a lo que escucha-. No, además de que llega su amigo el Lagarto, pues nomás no deja que se le acerquen.
-¡Oye Mario!- Luis exclama con tono dramático-. Si no te va a pasar lo que con Paulina, recuerdo que te latía y dejaste que se quedara con el tipo que parece gorila aquel.
-Siempre es lo mismo- Mario dice desanimado.
-Sí, siempre es igual porque siempre juegas del mismo modo- Luis sentencia-. En el laboratorio te buscan y te escondes detrás de tus tubos de ensayo o te distraes disque estudiando no sé qué hongo.
-Pues muy mi vida ¿no?- Mario ya enojado reclama para irse.
-Esto no es como tus jueguitos- Luis hace un gesto con las manos moviendo los pulgares como si tuviera un control de consola-. En la realidad solo tienes una vida.
-Pues yo me entiendo con mis jueguitos- Mario reclama definitivamente.
Mario estaba decidido a no asistir a la reunión, aunque por una extraña decisión tampoco apagaba el teléfono. De nuevo prendía el aparato y se preparaba para en esta ocasión si superar la décima repetición del videojuego.
Que caprichosa resultaba ser la noche y sus jugarretas, Justo cuando Mario se encontraba por lograr su cometido una vez más se fue la luz. Desconsolado el joven se deja desplomar de nuevo en el piso de su sala, una vez más se siente frio, ciego y sin poder moverse, igual que un muerto. Un instante después Mario culpa a su suerte, recobra un poco de coraje y se levanta para hacer otro intento cuando regresa la luz. Antes de acomodarse, el teléfono suena de nuevo y una vez más Mario no contesta.
-Pero que insistencia la de ese tipo-. Enojado dejaba sonar el teléfono otra vez.
Pasaron varios minutos y de nuevo estaba este muchacho por lograr la hazaña, cuando de pronto… Volvió a fallar la electricidad. Enfurecido Mario se volvía a dejar caer sin ánimos por un rato, y algún tiempo después al regresar la luz decidía volver a jugar, no pasaría la noche sin que lograra superar ese nivel. Tantas veces se levantaba como las ocasiones en que la luz le fallaba. Lo mismo ocurría como repeticiones: Mario no contestaba el teléfono que seguía sonando cuando él jugaba, la luz se iba y este terminaba en el piso. Una y otra y otra vez. Tanto se repetía que Mario llegaba a pensar que solo era una y él no podía superarla.
-Lo que mata no es la muerte, sino la mala suerte- Mario repetía cada que terminaba tirado.
Tan insistente parecía la noche como lo parecía Mario, y esto lo conducía a caer en la locura, una despiadada alucinación en que no pasaba de escuchar el teléfono, seguir capturando monedas y escapar de los fantasmas, para que al final la oscuridad lo terminara cubriendo. El muchacho sabía que en los juegos había secuencias que solo podían ser resueltas de un solo modo y en otras la creatividad permitía imprimirle un sello particular. Cada que reiniciaba este juego lo hacía igual y estaba consciente que desde la primera repetición resolvía cada una del mismo modo.
-¡Es eso!- sorprendido Mario dejaba caer el control cuando escuchó timbrar de nuevo su teléfono-. Pasar la segunda vez es idéntico a pasar la tercera, la sexta o la novena.
Y no estaba equivocado, estaba repitiendo su estrategia una y otra vez hasta que todo se apagaba, ya no tenía sentido aguantar más, él sabía que pasaría la décima vez de la misma forma, y que de algún sentido, ya había pasado esa décima vez decenas de veces.
-¿Solo tengo una vida en realidad, tengo varias en el juego?- Mario dejo de sudar de las palmas y comenzó a hacerlo de la frente por el miedo mientras veía su teléfono que encendía las luces de llamada-. Soy estudiante, fontanero y seré muchas cosas, mientras en el juego siempre soy el mismo.
La vida no sería más algo que inicia y termina, sino una conjunción de perspectivas. Mario se había dado cuenta del par de visiones que enfrentaba, en el juego había una misión y al no cumplirla este se repetía idénticamente igual, esa realidad era constante al igual que la que enfrentaba como humano día tras día.
Esa noche la oportunidad se le presentaba en cada error que dejaba ocurrir, y se reanudaba justo en el instante en el que podía cambiar el rumbo de la jornada, así al igual que en sus juegos, podría corregir la secuencia, Mario pausó el juego y contestó el teléfono.
-Sí, diga- nervioso el joven escuchaba que su interlocutor no era otra sino la chica de la que había hablado con su amigo, ella le pedía que se diera prisa para asistir al baile -. Solo déjame ya concluyo algo y los alcanzo, no tardo.
Mario se sentó y terminó el décimo nivel que tenía pendiente, cuando esto ocurría la pantalla volvía a llenarse de nuevo, él no le dio más importancia y apagó la consola.

-¿Estará limpia mi chaqueta roja?- él se preguntó inmediatamente y terminó de prepararse para salir-. Creo que lo que mata no es la suerte, sino dejar a la voluntad elegir la muerte.
Esta vez él fue quien tomó la decisión de apagar la luz.