domingo, 11 de febrero de 2018

Germán, en el nombre del demonio

Germán… 

Claro que recuerdo ese nombre, yo nunca olvido uno: pequeña víctima de sí mismo, ignorante de su capacidad, temeroso del profundo abismo y con temor, gran creatividad. Sí, lo recuerdo, era igual que todos. Llegó una mujer a mí rogando, por un alma ajena como María, pedía por su ser más amado, por alguien que la lastimaría. 

Hoy en día un texto yo encuentro, con lágrimas ella narra una despedida, su propuesta es hacer algo siniestro, por su alma, por no darla por perdida. Liriadé es el nombre de la valiente dama, que hace años a Germán su suspiro dedicó, que en su auxilio entro en la llama de mi hogar, lugar en que no abdicó. Germán era un chico raro y solitario, de Liriadé su amor en un orfanato del cual, al niño sacó un millonario. Liriadé lo dejó ya tarde por mandato. Germán aún así la recordaba. Ella sonriente le siguió los pasos. Él cuando sintió terror la buscaba y ella le abría su puerta y sus brazos. 

Germán estaba aterrado y frio, sus lamentos al ajeno lastimaba, sentía que se apagaba como un cirio, como frágil vela a la que el viento soplaba. Contó el joven que en su casa a la media noche, la servidumbre a descansar había sido enviada, su cuerpo cansado ya le hacía reproche, y tranquilo pensaba en evitar desvelada. Pronto sonó en la puerta un llamado seco, un enviado llegaba en un mal horario, su llamado en la madera se hizo terco, su mensaje debía llegar al propietario. 

El joven era una persona solitaria, a su padre adoptivo nunca conoció, nunca le faltó alguna cosa necesaria, pero la soledad a su vida sentenció. Escuchaba insistente la llamada, de madera era su enorme portón, ese ruido que venía de la entrada, ese ruido le estremeció el corazón. Insistente el mensajero le llamaba, insistente los golpes en la puerta colocó, insistente quería entregar una carta, una carta que el padrastro le envió. 

Germán cuestionó la hora de entrega, santo y seña desconfiado él le preguntó, el cartero le respondió como colega –no preguntes, obedece al que la mandó-. La voz que tenía el mensajero al carácter de Germán dobló, aunque siempre fue orgulloso, esta vez al sirviente obedeció. Con temor el joven abrió la puerta, su mano a la visita extendió, recibió en su palma la carta, una imagen tétrica lo impactó. No era un cartero el mensajero, sino divino portador, de noticias de buen y mal agüero, con enormes alas y gran fulgor. 

Desde el inicio de los tiempos acostumbraron los señores, aquellos que al mundo dieron sueños, aquellos que se hacen llamar dioses, mandar criaturas extrañas que no pertenecen a este mundo. Suelen ser criaturas aladas de carácter muy iracundo. Son ángel, son Caronte, Shinigami o Parca; llámalo como gustes, colector de vidas, no de almas, es conductor de destinos, no negociante de caminos. 

Era el joven de ímpetu agresivo, no obstante la llamada era fuerza superior, era reclamo de un divino motivo, un motivo del que es, el que es señor. 

La carta comenzaba con un extraño saludo, escrita con letras familiares la carta comenzó, el papel que venía escrito era de su propio puño, ese texto él mismo escribió. Pero el tiempo era lejano, de un pasado que al papel el tiempo amarilló, imposible que fuera su propia mano, a sí mismo se dijo – no lo hice yo-. El texto siguió él leyendo interesado, hablaba de un deseo sincero por más aprender, por ser señor de técnicas y eterno, de talentos, conocimientos y poder. 

La carta fue escrita por él mismo en épocas atrás, cuando erudito lo llamaban los hombres, cuando sabía sobre filosofía y ciencias, cuando tenía ¡Sabio! entre sus nombres. Dominante de las artes más famosas: de música, escultura o dibujo. Pero igualmente de las oscuras; como magia, adivinación o conjuros. 

Germán tenía todo lo que la vida le podía ofrecer, experiencia y riquezas, alianzas y méritos, lo que no tenía era lo que él podía prometer, no tenía más futuro, más años pedía a gritos. Juventud, eso que nadie ganará trabajando, eso que todos tienen y sólo aprecian cuando se pierde, lo que nadie contempla mientras lo tira soñando, eso quería Germán, una vida con jardín siempre verde. 

Entonces vino a mí… 

Y como a todos los que han venido yo lo cuestioné, ¿Acaso no es tu señor el de los milagros? Mis palabras cuestionan y me reclaman que le traicioné, anda, ve con el que cuida los rebaños, ve con el que llaman padre, con el que separó al agua del cielo, con el que te puso en tu corazón sangre, eso le contesté, sincero, y sin celo. 

Los hombres hablan de eternidad, de lo perfecto y lo bello, predican virtudes como la humildad, y otras tantas que prometen el cielo. Empero no destacan que si algo es infinito, nada fuera de ello puede haber, que entonces todo es su atributo, y que es lo mismo Miguel que Lucifer. 

Los herejes por ello no pecan, más los creyentes fallan al hacerse su fe, para unir intelecto y cuerpo un alma inventan, y luego a su voluntad restan poder. Muchos más ven y más quieren, y no crecen sus brazos para poder alcanzar, pensando en lo que no tienen se hieren, y a su alma comienzan a abaratar. 

Creen que un alma vale riquezas, ¿piensan ustedes hombres que su espíritu es precioso tesoro? ¿que tengo un castillo del que almas son piezas?, que pueden cambiar devoción por oro. Todavía sueñan con escasos años de placer, en que disfrutarán de éxito y de fama, creen que en un corto tiempo todo podrán de comer, y que sin esto su vida solo es drama. 

No toleró mucho tiempo el muchacho que por un pacto vino, como todo hombre argumentó su valía, no acepta que ante el ángel de luz resulta ser mezquino, no acepta que su deseo es capricho de rebeldía. 

La vida y la muerte son lo mismo, el paso del tiempo es relativo, los eternos vemos en el hombre cinismo, vemos su pensamiento primitivo. 

Germán pensaba juventud eterna pedir, como tantos alemanes lo han propuesto, quizá también busque al final redimirse, como pícaros en obras lo han resuelto, y así a las leyendas podría unirse. 

Pero esa fórmula es tan vieja como el deseo, como el sueño de burlarse de los dioses, lo hacen desde el tiempo de Prometeo, lo hacen hoy inventando nuevas versiones. Y así despedí al de nombre de guerrero, le envié a entregar su fe con quien la valora, con el que se hace nombrar “el Primero”, con el que al alma sí atesora. Pero como antes dije en sentencia: la vida y la muerte no van de la mano, no tienen una distinta esencia, pues, son la forma del tiempo en el humano. A la que llaman muerte él se acercó, en esa primera vida que él ya no recuerda, a esa dama fría él le rogó, a esa dama le pidió no cortar su cuerda. 

Más esa blanca compañera jamás regala, pues nada sale de la nada ni por completo se apaga, no comprende de los hombres funerala, pues ella sabe que no por transformar es maga. Aunque Germán era inteligente le fallaban las virtudes, le faltó humildad y prudencia, cuando a la muerte le expuso sus razones, a él se le ocurrió presumir su procedencia. De familia acomodada, era noble, inteligente y cultivado, de técnica refinada, hombre que también velaba por el estado. 

Sus talentos fueron varios, tantos como colores la luz revela, sabía que le bendecían sus aliados, y dijo que a los débiles respeta. Dijo que sentía un terror, de envejecer y los cuidados ver marchitos, dijo ser hombre de honor, y aceptar si lo mezclaran con malditos. Que no le importaba si fuera al infierno, o que el infierno llegara a donde él, pero que no quería ser un viejo, no quería ese destino cruel. La bella dama lo encontraba contradictorio, que pidiera cambiar placer por sufrimiento, que huyera del hades al purgatorio, que dejara expectativa por sufrimiento. 

Entonces ella le propuso no obsequiarle nada, más un cambio le permitió, que no le saldría una cana, pero a cambio sus recuerdos le pidió.

–Tendrás la apariencia de la edad que tu gustes- la muerte sonriendo le explicó,-mas, solo tendrás recuerdos del momento que elegiste- le acercó la mano, y él se la apretó. Desde entonces tuvo una vida indefinida, sólo yo sé por cuántas vidas pasó, cada 27 años la repetía, cada 27 se reinició. 

Hace 27 años volvió a un bebé ser, olvidando una nueva era. En un orfanato pudo crecer y se aseguró que su riqueza volviera. Por eso no conocía a su benefactor, por eso conservó habilidades tan preciadas, no necesitaba profesor, pues sus técnicas ya eran refinadas. 

Lo que más me gusta es su mirada cuando la carta leyó, cuando se entero de su origen, y del pacto que selló. 

¿Acaso no era valiente? Era mi duda cuando usó una nueva expresión, cuando su realidad era diferente, a la que en otro tiempo le parecía evolución. 

Flexionó sus rodillas y de ellas se abrazó, con una mente cursi quiso pensar en su madre, en su origen, una identidad se buscó, y notó, que para tener pasado era tarde. Sólo le quedó en Liriadé pensar, en esa compañera que era fraternal, en esa joven que no vivió como princesa, sólo ella por él podría llorar. Entonces huyó de su hogar, llevando sólo su miedo, su salvación salió a buscar, en alguien que de él tuviera un recuerdo. 

Cuando a ella su historia narró, contándole la angustia de ser un condenado, diciéndole lo mucho que la amó, cuánto la quería y se lo había callado. Pequeño hombre de pobre espíritu, en un instante está rogando por emociones, diciendo sobre lo aburrido del hastío, después quiere paz y alejarse de pasiones. Yo sabía que se arrepentiría al probar el castigo, de valiente daba licencias, al mundo tomaba de testigo, para luego negar su título rogando por clemencias. 

Que increíble puede ser un hombre, increíble su deseo por ser inmortal, prefiere pasar por siempre hambre, pero considera pecado ser temporal. 

Mas no considera pecado el arrepentirse, el dar varios pasos atrás, siempre considera redimirse, diciendo que lo perdonarían los demás. A una conclusión llega Germán, a que si envejece, después morirá, haciéndose de su edad guardián, seguro expiación conseguirá. 

Además su vida actual no tenía defectos: tenía riquezas, fama, promesas de honores. Tenía amigos y adeptos, tenía de Liriadé sus amores. Liriadé era su esperanza, si ella le cuidaba su corazón sería perdonado, de ello tuvo confianza, de ello tuvo el corazón iluminado. En cambio ella no tuvo esa experiencia, ella sólo fue con el demonio en el deseo, ella que en el corazón no tiene pobreza, ella tiene un corazón ateo. 

Para ella no hay misticismo, para ella la obediencia es hija de la tiranía, ella con la muerte no entiende lo mismo y con la muerte no se lastimaría. Grandiosa es la vida, grandiosa es la muerte, que son una sola cosa unida, con un lado al otro diferente. También es la realidad así, mientras ella lamenta una pérdida el otro se hace eterno, ella sostiene un derrame carmesí, él se muere conservando 27 años de recuerdo. 

Descuidado fue Germán al abrir de noche a un tunante, el villano ahora escapa con riquezas, ella siente el cuerpo frio de su amante. ¿Cómo puede morir un chico con la vida perfecta? ¿Cómo podría Germán dejar eso? Mejor es tener una vida selecta, mejor es darle más peso. Pensar que ha tenido más vidas en una sola vida, crearse una historia de engañar a la muerte, de decir que de todas sus vidas, ésta es preferida, que él ha elegido su suerte. 

Pobre chico no se conformó con ser humano, no valoró sus acciones, prefirió lo mítico y profano, hacerse enajenado en oraciones. Ella siempre fue distinta, siempre le guardó dulzura, pero entre la pena que le causaba, ella respondió con ternura. Ella lo amaba y así lo aceptó, sólo escuchó su cuento, su mano apretó, luego le respetó su momento. Lo que ambos coincidieron fue que era real lo que pasaba, ella lo sentía morir, él se inmortalizaba, ambos quisieron vivir. En el mundo de carne ella recuerda a su amigo. En la mente Germán se quedó con su recuerdo. Ella sabe que esto es parte del camino, él la hizo la cura de su miedo. 

Sus 27 años, la única vida que conocía, de la que solo tenía recuerdos, esa vida enmarcaría. La muerte no escucha caprichos, no cambia nada por nada, él podrá renegar con gritos, él contra la realidad blande su espada. 

Así Germán se inmortalizó en el último instante, se hizo creador de una realidad nueva, la de una realidad aparte, la que cuenta como demonio poeta.

martes, 26 de diciembre de 2017

En el silencio de su espacio


¿Cuánto tiempo necesitaba para volver a sentir terror? 

Ella respondió que sólo era cuestión que algo me volviera a importar. Lo dijo como una frase lapidaria, como un mensaje que quisiera grabarme en la frente con postura ventajosa, pues entre sus manos y muy cerca de su afilada sonrisa tenía sostenido mi cuerpo por una muy valiosa proporción. Creo como nadie replicaría yo a una leona como ella teniendo posesión de la esencia de mi hombría, y era placentero.

Desde la primera noche recuerdo cruzar con ella apenas un roce de inteligencia, un solo comentario, apenas el más breve enunciado que hacía referencia al deseo. Y con eso bastó, como fiera se lanzó sobre mí llevándome tras las cortinas haciendo gala de su naturaleza de felina cósmica y su ronroneo con perfume desconocido: tan diferente, tan perturbada, tan lastimada.

Como cría alejada de su hogar a la fuerza, habiendo sido arrebatada de pequeña de lo único suyo, su refugio de pureza, siendo sometida y silenciada para traerla a este mundo, este planeta y estas tierras. Yo le preguntaba sobre su aterrizaje y demás detalles del viaje espacial y ella me respondía intercalando detalles y caricias, una palabra iba seguida de sus dulces garras inspeccionando mi torso o mis piernas mientras me contaba cómo recuperó el amor propio siendo una eterna extranjera. Ella no sabía cómo volver a casa, pero me prometió enseñarme a perderme más, entonces acordamos tomar posesión mutua, empacarnos juntos para una fuga espacial, ella tan dispuesta de entregarse sin temor a quedar flotando en una lata de metal.

Ya no puedo decir si hoy, pues entre estrellas no hay ni noche ni día, no puedo mencionar al ahora cuando estamos flotando en lo infinito, cuando las caricias son… Simplemente son; ni sobre ella ni dentro de ella, alrededor o meteóricos ataques que le cubren el rostro feliz y que ella bebe como dulces. No, el tiempo no tiene espacio en lo eterno y las caricias son todas a la vez: fuera, dentro alrededor e impactándose en ella. Y el instante es lo mismo que devora el brillo estelar y a la oscuridad misma, estamos unidos y no hay el inicio de uno y el final del otro, y así… flotando, viéndola morir y revivir innumerables veces emulando a la luna en sus ojos, así me desespera no escucharla gritar.

Y este silencio es un terror contrastante, pues ante nuestro éxtasis explosivo y ardiente cual supernova, el silencio a la vez nos abraza en un manto delicado. A diferencia de la tierra donde un beso es aplaudido por el agua cayendo o las aves volando, o por el susurro de la cigarra que muere y los labios despegándose poco a poco para abrir paso a lenguas que hacen algo mejor que hablar, en el vacío no hay gritos ni para bien ni para mal. Sólo veo su sonrisa y mirada que demuestran que estoy haciéndolo bien, siento que me atrapa y se aleja de la idea de soltarme alguna vez. De igual forma yo no puedo dejar de entrar en ella con firmeza y carácter.

“No hay terror más grande que aquel que se tiene a lo desconocido”. Es un rezo del profeta de lo que duerme en lo profundo, y ese mismo terror es lo más antiguo, y como ella y yo seguimos flotando, desde la creación hasta la entropía absoluta, entre colores inexistentes y el canto de los planetas, nuestros cuerpos y nuestros sentidos no son suficientes para describir nuestro acto, la palabra placer no será suficiente, ni el amor ni algún invento terrestre.


Solos, perdidos en lo indescriptible y gozándonos, sin rezagos de memoria, sin esfuerzos de etiquetas, sin la esclavitud a lo real que se profesa esperando la venida de un solo señor. Solos en lo cíclico del eterno retorno y más allá de los instintos. Somos un eterno goce.