domingo, 25 de septiembre de 2016

Carta desde acá.



Querida Dama Blanca…

¿Recuerdas que quedamos en escribir una carta de amor?

Lamento un poco que no tuviéramos tiempo de tirarnos con nuestra actitud intelectualoide, un café y hartas ideas para hacer el amor con letras que eleváramos al cielo con la ilusión que al igual que el vapor, un día se condensaran y llovieran gotas de romance y salpicaran con sus conceptos a todo transeúnte, recuerdo que querías que escribiéramos lo que era ese amor verdadero como si se tratara de lo más íntimo en los huesos del hombre, esa sustancia mítica que los hace a todos iguales y a la vez nos empuja a pensarnos únicos. Pero no pudimos, y al igual que siempre, terminé por abrazar y besar tu espalda mientras discerníamos sobre el único amor verdadero del que hablo desde los años que el amor dejó de ser un sentimiento y se volvió tan complejo que envolvía poderes sobrenaturales que jamás entendía, si, hablábamos de esos amores que evolucionaron en ideales y que siempre iban dirigidos al mismo nombre, ese nombre que hace de mi historia una ruta satelital que orbita el campo gravitacional de un astro que jamás he de tocar, ese nombre que ahora en mi subconsciente cumple la función de ser quién es y con una entonación casi quebradiza en mi boca es suficiente para invocar a la memoria del ser cuasi divino que me muestra el orden del cosmos y a la vez me encierra en el caos de mi mente en soledad, porque, ¿qué puede confundir más a un hombre que una maraña de caminos si no es hacerlo un ente sin la capacidad de discernir entre una maraña y un camino? Como sea, ahí, fundidos en nuestra indiferencia por el pudor público y los buenos modales, dábamos cátedra desvergonzada de recuerdos dañinos, y como si fuéramos arqueros troyanos afinábamos cada palabra para que quienes envidiaban nuestra postura supieran de lo que hablábamos, y más que entenderlo, lo sintieran, les llegara hasta detrás del pecho y se encarnara en ellos como las flechas de Diana en Orión. Si, algo en mí quería que ellos también sufrieran lo que sufro cuando me acuerdo de la otra dama, aquella, la niña de siempre.

Pero estabas ahí, diciéndome que aunque te irías yo debía de aprender a saborear mi dolor, disfrutar incluso en mis momentos dolorosos porque… cuando yo sea el momento doloroso no lo podré sentir. Y no estoy seguro si nuestro cariño reacciona mejor cubierto de muerte, pero por ese instante lograste colocar en mis labios la esperanza que mis otros seres queridos buscaban hacerme profesar, y cubriendo nuestra lluvia de romance con un húmedo dolor, con la humedad del bochorno humano y la humedad destilada del tequila, irónicamente yo te empujaba para creer que no existe el fin del mundo, no porque nunca se acabe, sino porque jamás ha tenido dirección mayor a la que le damos.

Y quedamos de hablar de amor, era raro que el marco teórico que teníamos al alcance era un contexto de complejos sociales, leyes aduanales, ciencias metafísicas y un par de recetas de cocina, quizá eso de la comida era lo más acertado porque cuando las garnachas te queden lejos, cuando la salsa por la que felicitabas a la señora de las quesadillas, la misma que te miraba como si fueras el espectro desquiciado de una niña fantasma que se revelaba a media noche para asustarla, diciéndole lo que nadie le dice y sólo ella sabe, cuando te quede lejos ese maíz con aceite, frijoles y especias, y más lejos el agave o el perro que se rinde ante tus dedos tras las rejas, cuando te entre la nostalgia, quizá ahí te vuelvas a acercar a nuestra idea del amor nutriente y engordador.

En tres días voy a cumplir años, y tú cumplirás también aniversario del día en que partiste, ¿no es gracioso? Como si ese día que regresaba a mi casa sobre nuestra bicicleta, porque aunque nació en mi familia siempre la consideraré tuya, porque te despeinaba, porque hacía que acariciaras el viento, porque te hacía ser una ráfaga. Si, sobre esa saeta roja tendría la visión de que mis festejos serían más que agradecer por los regalos, una especie de ruego por no perder más.

Y es que a partir de entonces se acabarían los cumpleaños de vida y vendrían los de sobrevivencia, ¿Sabes? Ella lo conoció por esos días, y en esas fechas después se amaron, y cuando pasó otro año mi familia enfermó, y ella me tuvo un poco de lástima, la suficiente para esconderse, y al siguiente aprendió a no sentir piedad y entonces me escondió, por eso ya ella no llegó al siguiente. Pero este… Llegamos menos, te confieso una vez más que hubiera preferido no haber llegado también.

Pero quedamos de hablar de amor, ¿no? Y no sabemos tanto de ello como los sabios tendrían que hablarlo, entendemos el fracaso de nuestra madurez frente a nuestros sentimientos, entendemos de la fragilidad de la vida, del eco de la soledad, sabemos de estar perdidos en el mundo y verlo perdido sin poderlo salvar, y ahí seguimos, llorando nuestras pérdidas en el fin del mundo, con ese temor de que nunca se acabe de terminar. Y luego, al llegar a casa, reírnos como si no fuera la última risa estando juntos.

¿Y si el amor es perder? Como si nos demostrara que hay algo que no se desmorona pese a que pierda cada parte, en serio, como si después de enfrentar a ese dios malvado que arrebata la esperanza y la vida. Como si en medio de la tormenta más oscura en la noche del alma hubiera un faro apagado, un faro inservible para los barcos pero que a un hombre le ofrece un techo. ¿El amor es lo que en la guerra nos hace correr de los bombardeos para llegar a casa? ¿Para qué? Creo que para que a quien amamos nos vea llegar, aunque no nos ame por no perdernos. Quizá eso que no escribimos juntos era porque… A donde vayamos, seguiremos solos, pero seguiremos amando, seguiremos siendo nosotros para que quienes nos aman nos vean llegar, no sé, como si fuéramos amor, como si fuera nuestra esencia y las palabras no son amor sino amorosas, y nuestra carta no hablaba de amor, sino de nosotros, de tus recuerdos, de los míos, de nuestras familias, de nuestras pérdidas, que si bien esas pérdidas no nos mataron por completo, hubo un momento que esas pérdidas éramos nosotros. Quizá crecimos, y por eso aún estamos aquí.
¿Aún quieres que hablemos de amor?

Querida Dama Blanca, no hablemos de amor como si sólo fuera un recuerdo.

Te quiere Abraham.


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