jueves, 18 de abril de 2013

Ese libro perdido. Cinco textos que jamás podremos conocer




En días recientes tuve el gusto de saber sobre un logro de una amiga, el cual me dio mucha alegría. Se trata de un éxito sencillo que, no obstante, la llenó de un profundo gozo.
Todos tenemos una afición que se refleja en algún ente al que decidimos conocer en la mayor medida posible; ya sea por admiración o por proyección, buscamos cada pieza que forme parte de su historia y la agregamos a nuestro conocimiento, hacemos una colección de recuerdos sobre él. Y en caso de que nuestra admiración esté enfocada en un escritor, pocas acciones superarán en gozo a leer un nuevo libro del autor en cuestión. Para quienes procuramos tener nuestra biblioteca más surtida que nuestras despensas, no hay mejores joyas que libros que parecían perdidos, de editoriales extintas y tirajes agotados, y aquellos cuyas traducciones nunca se lograron. Mi amiga pudo encontrar a través de Internet un libro que ya no se publica, un libro que le faltaba en su colección y que representaba un hueco en el conocimiento de su autor favorito.
A muchos nos ha pasado que carecemos de un libro aparentemente agotado y, sin embargo, no perdemos la paciencia para buscarlo por cielo, mar, tierra e Internet. Pero, ¿qué pasaría si ese texto faltante no fuera inaccesible, sino que jamás hubiera sido impreso?, ¿no moriríamos de curiosidad por saber lo que se escribió y desapareció antes de ser leído? Quizá se trataba de un esbozo que no prometía mucho, tal vez era “la neta del planeta”, acaso era ese final con el que fantaseábamos, o decía palabras de consuelo y enseñanzas perfectas. Eso jamás se conocería.
Por ello escribo sobre algunos textos de los que simplemente jamás podremos saber su contenido, por no haber sido conservados, debido a hurtos, naufragios, vetos o meros accidentes.

Los que la Iglesia no consideró dignos de ser leídos

La Biblia es el texto base para cualquier asunto eclesiástico; básicamente, se tiene la creencia de que fue escrito por medios divinos. No obstante, en realidad es una compilación de documentos judíos y cristianos escritos por diversos individuos, y atribuidos a santos de distintas épocas (en el caso del Nuevo Testamento). El proceso no era tan complicado, por ejemplo, una secta cristiana hacía un escrito y lo presentaba bajo el nombre de un evangelista, si concordaba con lo dicho por el resto de la comunidad cristiana se institucionalizaba.
Durante el Concilio de Trento se eligió el grupo de libros que reflejaba el mensaje de la Iglesia de manera más consistente, a fin de establecer un canon bíblico; aquellas obras que no podían confirmar un origen apropiado o que contenían ideas contrarias a las de la institución, fueron descartadas. Algunos de los textos que no se incluyeron en la Biblia hoy en día son tratados aparte, bajo el nombre de “textos apócrifos”, y aún de éstos no perduraron todos, de algunos sólo se puede asumir su existencia con base en alusiones situadas en otros textos. Así pues, hay nombres tentativos de estos documentos religiosos mencionados en otros, tal es el caso de El libro de las batallas de Yahvé, mencionado en Números, que aparentemente se trataba de un conjunto de poemas que narraban victorias bélicas de israelitas con ayuda divina; lo mismo ocurre con el Libro del justo, del cual algunos consideran que se rescató el poema llamado “Cántico de Moisés”, que se encuentra en el Éxodo.

Un cartógrafo y viajero antes de Mercator


Mercator tiene fama de haber trazado uno de los primeros mapas con proyección innovadora que permitió a los viajeros, especialmente a los navegantes, alcanzar sus metas con mayor precisión. Sin embargo, se dice que antes de este cartógrafo flamenco vivió un monje que recorrió el océano Atlántico hasta alcanzar el Polo Norte, y que describió con inusitada precisión la geografía ártica en una obra titulada Inventio Fortunata, algo que podría traducirse como “el descubrimiento de las Islas de la Fortuna”, y que quizá hace referencia a esa tradición mitológica que situaba en las regiones más septentrionales los reinos bienaventurados (por ejemplo, los hiperbóreos).
Un poco por la precariedad de los recursos empleados en la confección de libros en aquella época (siglo xiv), ninguna de las cinco copias que se hicieron del tratado sobrevivió, ni siquiera aquella que el propio monje entregó al rey Eduardo III de Inglaterra.
Más tarde, un cófrade del autor refirió el contenido de la obra a otro flamenco, un tal Jacob Cnoyen, quien redactó lo escuchado y lo publicó como obra suya bajo el título de Itinerarium, éste también se perdió, no sin antes llegar a las manos de Mercator, quien obtuvo de ese segundo traslado la pieza ártica con la que completó su mapa mundial.

El borrador de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde


Uno de los episodios más emblemáticos de la literatura moderna, en donde se encuentra la disociación entre el ser humano y la parte absolutamente malvada que habita en él, conoció una protoversión que no fue la que Stevenson dio a la imprenta. Según se cuenta, el novelista inglés fue presa de un frenesí literario que lo llevó a escribir cerca de 30 000 palabras en tan solo tres días. Por esta delirante prisa, el relato de Stevenson está incluido en la lista de los libros escritos con la asistencia de alguna droga, la cocaína para ser más precisos, que según se dice impulsó al autor a entrar en ese trance cruzado de letras, horror, fantasía y claridad psíquica.
Pero dicha versión no es la que conocemos actualmente, ya que Stevenson la entregó a su esposa, Fanny, para que le diera su visto bueno. Parecer ser que la mujer no se sintió demasiado convencida y sugirió a su marido que diera un tinte más moral a la historia. Este juicio bastó para que Robert Louis entregara su borrador a las llamas de la chimenea, privándonos así de un posible testimonio de escritura frenética protagonizada por inefables demonios.

La invaluable maleta de Ernest Hemingway


La incursión de Hemingway en algunos de los conflictos armados más cruciales del siglo xx es bien conocida. Se sabe que en la Primera Guerra Mundial sirvió como conductor de ambulancia en el frente italiano, que presenció algunos de los episodios más cruentos de la Guerra civil española, que tuvo alguna participación en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y, por si esto fuera poco, que en medio de todo aquel caos se dio tiempo para escribir las narraciones que harían de él uno de los hombres más celebrados de la literatura.

Sin embargo, ese Hemingway que leemos y elogiamos quizá hubiera sido muy distinto si en 1922 su esposa, Hadley, no hubiera metido en una maleta cientos de manuscritos con los cuentos, fragmentos de novela y otros apuntes que entonces había escrito Ernest. Hadley, quien se encontraba en París, había empacado todo esto porque se reuniría con su esposo en Lausanne, Suiza, a donde llegaría sin la preciosa maleta, perdida o robada en la ruta ferroviaria que unía ambas localidades.
Hemingway lamentó tanto la catástrofe que, a la postre, ésta se convirtió en la causa de su divorcio con Hadley.
Con todo, Stuart Kelly, autor de The Book of Lost Books, conjetura que sin esta pérdida acaso Hemingway no se hubiera convertido en ganador de premios tan importantes como el Pulitzer y el Nobel, y que tal vez no habría dejado de ser el escritor mediocre que se limita a corregir sus torpes intentos de la juventud.

El ignorado encuentro entre Cervantes y Shakespeare


Sin duda, en esta lista no podría faltar el nombre de William Shakespeare, el poeta en torno al cual llevan siglos cerniéndose un enigma sobre otro, sin nunca quedar resueltos. En este caso se trata de una obra supuestamente escrita entre el bardo y John Fletcher, que estuvo basada en la tragedia de Cardenio que Cervantes cuenta al interior del Quijote. Si ya el nombre de Shakespeare impone un aura de codicia al objeto perdido, la obra es todavía más sugerente por el hecho de que, a través de ella, se entrecruzarían dos de los escritores más geniales de todos l

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